20/06/2011
EL PAÍS DE “EL PADRINO”
“. . . .hay un iceberg esperándonos, oculto en una parte del brumoso futuro, contra el que chocaremos para después irnos a pique mientras la música sigue sonando”
Jacques Attali.
El bien común temporal es el fin específico del Estado.
Aquel de orden temporal consiste en una paz y seguridad de las cuales las familias y cada uno de los individuos pueden disfrutar en el ejercicio de sus derechos.
Al mismo tiempo en la mayor abundancia de bienes espirituales y materiales que sea posible en esta vida mortal, mediante la concorde colaboración de todos los ciudadanos.
Pío XI en: "Divinis illius magistri": Toda actividad del Estado, política y económica, está sometida a la realización permanente del bien común; es decir de aquellas condiciones externas que son necesarias al conjunto de los ciudadanos para el desarrollo de sus cualidades y de sus oficios, de su vida material, intelectual y religiosa. También Juan XXIII en: " Pacem in terris": El bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de la vida social, con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección, como se encuentra referido el Zenit.org.
El liberalismo profesa rectamente la prioridad del individuo sobre la sociedad y el Estado.
En cuanto al concepto teológico del bien común consiste en promover la vida virtuosa de la multitud.
El error de los socialismos cosiste en hacer el bien común eliminando los bienes individuales, para alcanzar una suma acumulativa que luego se reparta entre todos
los ciudadanos.
Esta es una opción colectivista del bien común e injusta, porque el igualitarismo es contrario a la justicia que demanda que se da cada uno lo que le pertenece.
El Estado debe crear las condiciones sociales, económicas, culturales, políticas y religiosas que permitan a todos y a cada uno de los ciudadanos alcanzar la perfección que les corresponde en su calidad de personas.
Ahora bien cuando se habla del Estado con respecto a lo que debe hacerse, se indica las demandas que debe satisfacer conforme a las necesidades de la sociedad: Defensa y protección del territorio propio, independencia de la justicia del poder legislativo, enseñanza, vivienda, asistencia sanitaria, jubilación digna; atender al desempleo; el recto funcionamiento de los poderes del Estado, educación cívica a todos los niveles.
Visto lo antedicho nos queda la pregunta: ¿propende el régimen al bien común?
A la nada, sería la respuesta.
Como nada es la sociedad argentina: filosófica, espiritual y políticamente hablando.
El nihilismo total.
Vaciada en su contenido, el ideal de subordinación a las reglas racionales se ha desvanecido.
A través de nuestra historia hemos padecido mutaciones diversas, que han conducido al ciudadano a una diversificación deshumanizante.
Se han operado cambios de estilo de vida, principalmente por esa revolución del consumo que nos ha invadido.
Estamos destinados a consumir el escándalo, lo banal, la degradación.
La política mientras tanto se mantiene apartada, ha sido pervertida.
Ya no es reducto de intercambio ideológico por excelencia.
El Estado mismo ha dejado de ser el proveedor del bien común y de hacer cumplir el orden constitucional, porque hacer cumplir la ley es esencial.
La ley misma es bien común y hacerla cumplir es prioridad.
Pero no lo puede hacer porque el régimen ha transformado al Estado en madriguera de delincuentes y saqueadores.
Cuando vemos quienes integran el llamado elenco gubernamental en cualquier estamento del gobierno, cuando leemos sus nombres, sus prontuarios, no podemos dejar de pensar en el tamaño de nuestra decadencia política. El ciudadano honesto podría expresar su íntimo deseo de pertenecer a una sociedad lo más parecida a la del symposium y no a la de “El Padrino” actual.
Facciosos de viejo cuño, ex delincuentes subversivos, todo el elenco montoneril reciclado.
Es así que estamos observando junto con la descomposición del régimen, la erosión y la destrucción final del orden.
El régimen se esta cayendo a pedazos y en su caída se está llevando a la República.
En su lugar está quedando el desierto que crece cuando las instituciones como la iglesia, el ejército, la escuela, la familia, los partidos, ya han dejado de funcionar como principios absolutos y ya nadie cree en ellos.
Nuestra gran tragedia: la educación, ha sido suplantada por la estupidez “tinallisante” que se consume en masa.
Esa muestra de cómo lograr producir imbéciles al pormayor.
Ha desaparecido la vida guiada por el pensamiento que dominaba la vida superior.
Herder afirmaba que todas las naciones de la tierra tienen un modo de ser único e insustituible.
¿Será la estolidez la marca de nuestro modo de ser insustituible?
Nadie tiene la voluntad de devolver la autoridad política a la Nación.
Para ello se han disuelto los símbolos que caracterizaban nuestra nacionalidad, suplantados por la creación mitológica del kirchnerismo y sus mausoleos a las “memorias” de la infamia.
De este modo creen que la Nación se compone a partir del voluntarismo del régimen que le ha fabricado una historia apócrifa.
¿La República deberá chocar definitivamente contra el iceberg para luego intentar su reflotamiento?
El cambio deberá ser ético-social que implica a todas luces un proceso creativo a un nivel intelectualmente más alto.
Pero no se trata de una cuestión de legislación, porque el problema es también además de político socio moral.
Este cambio ético-moral debe darse precisamente en la sociedad, mediante un auténtico consenso.
La estructura institucional que el kirchnerato ha destruido, debe ser restaurada.
A partir de la aniquilación del régimen debemos preguntarnos: ¿qué clase de orden social queremos instituir?
Las instituciones posibles deben construirse en base a criterios para promover el bien común, disgregado por el tropel montoneril asentado en el gobierno de la Nación.-
miércoles, 5 de octubre de 2011
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